¿Cómo es posible que hayamos alumbrado y elegido a esta reata de mediocres inflados de vanidad y encasquetados en la sordera?
Me dejan planchada esto que llaman debates y que no
consisten sino en monólogos, o como mucho contrarréplicas, y que parecen
tan inanes como la madera que forra las paredes y las bancadas del
Hemipléjico, antes conocido como Hemiciclo.
Me
pasa por encima, y me hunde, que una vez tras otra se dediquen sus
señorías a defender sus posiciones sin hacer no ya un mínimo esfuerzo
por entender las del oponente, sino ni siquiera mostrar un poco de
interés por lo que puede interesar de verdad a los gobernados.
Me resulta del todo insoportable que, yendo yo por la posición 51% del libro de Pilar Urbano La gran desmemoria, en
su versión electrónica, tenga que apartarlo de mí, y no porque me
disguste su lectura, sino porque me entra una pena grande, una pena muy
negra, al darme cuenta de que estoy envidiando a aquellos políticos que,
fueran cuales fueran su ideología, sus intenciones y sus intereses,
eran capaces de sentarse a discutir hasta que se les rompía el culo. Y
eso que, por entonces, no me gustaban, hay que fastidiarse.




